En Algeciras nos llevaron directamente al puerto.

Con treinta y tantos años de diferencia, esta ciudad y otra cualquiera nos pareció otra. En el recorrido hasta el punto de embarque pasamos por una serie de grandes pasillos. A izquierda y a derecha, infinidad de delegaciones de agencias de viajes. Los billetes para los ferrys u otros barcos se pueden adquirir en cualquiera de ellos. Todo está pensado a lo grande y al por mayor y, desde luego en plan moderno. Como decía, tomamos café con algo sólido y nos entregaron individualmente los pasajes para el ferry.

En la explanada del puerto y a través de unas azafatas, nos cortaron los billetes y empezamos a subir y a recorrer pasillos. Largos pasillos que nos llevaron al buque. Aún esperamos algo hasta hacer la hora. Los ferrys son unos barcos muy modernos. Yo calculo para alrededor de mil plazas sentadas en cómodos butacones. Hay dos plantas situadas junto a los grandes ventanales desde donde se divisa todo tu lado del mar. La parte central del ferry en sus dos plantas está acotada, es decir, sin butacas. Creo que esto corresponde al centro del barco, donde en su parte interior van situados los vehículos que transporta.

Bueno, ya estamos en ruta con un día precioso. El barco apenas se balancea. A nuestra izquierda, en el horizonte vamos dejando primero La Linea de la Concepción. Mi tierra. Después el discutido y mal sustraído Gibraltar. En mar abierto. Con el cosquilleo propio de pisar de nuevo Ceuta. Lo de Tetuán fue mayor sorpresa. Ceuta, mantiene en nuestros recuerdos. Juventud, noviazgo. Calles que recorrimos con menos años y, sí, llenos de ilusión.

Aunque la estructura de la ciudad en su parte central ha cambiado poco. Todo está más modernizado. Edificios más altos, avenidas más amplias y un gran paseo ganado al puerto, que desde el antiguo Paseo Marítimo o la Marina, como la llamábamos antes, tiene unas vistas preciosas. En el puerto de Ceuta, solo tuvimos tiempo de subir el autobús y salir para Tetuán. Aquí tomó el micrófono y la responsabilidad del grupo un magnífico guía marroquí. Pasamos la frontera española e, inmediatamente después, llegamos a la marroquí.

Como nos decía nuestro anterior guía, estábamos en otro país, con otras costumbres, otro nivel de vida y otro todo. En la aduana marroquí, un enjambre de marroquíes que deseaban pasar a Ceuta. Había también, los conté al regreso, unos sesenta o setenta taxis, todos marca Mercedes y, según el guía marroquí, todo contrabandistas. Los treinta y ocho kilómetros que separan la aduana marroquí y el Rincón del Madik, hoy está transformado turísticamente en hoteles, villas y apartamentos de empresas extranjeras. No vimos, sea dicha la verdad, poco ajetreo de turista.

Al final llegamos a Tetuán.

Para tener una idea del cambio, en el año 1966 tenía unos setenta y cinco mil habitantes. Ahora nos dijeron que unos 350 mil. Entramos como siempre por la carretera que en sentido contrario lleva a Rio Martín, una bonita playa a unos 10 kilómetros de Tetuán. ¡Qué cosas tiene la vida! Nuestro recorrido de entrada a Tetuán pasaba por lugares que nosotros habíamos recorrido en infinidad de ocasiones y por sitios muy cercanos a las casas donde habíamos vivido.

Tenemos un plano de Tetuán, con los sitios del recorrido y los lugares citados. Pasamos por el Paseo de las Palmeras, anteriormente, antiguo Parque del Cónsul Cagigas, la Estación del Ferrocarril, hoy dedicada a otras cosas. La antigua fábrica de Tabacos. El garaje de la Valenciana, la empresa de transportes más importante del Marruecos Español de aquella época. Y así llegamos a la Avenida Visir R’Kaina. En este cruce está el Colegio de los Marianistas. Subiendo por la citada avenida dejamos a nuestra derecha el Colegio de la Milagrosa, colegio de monjas que a su capilla fuimos a oír misa Celia y yo en bastantes ocasiones. Llegamos a la avenida de la Aguada. En esta avenida siempre visto con buen humor están situados La Cárcel, el Matadero y el Hospital. ¡Una alegría!… ¡Digo yo!.

Girando a la derecha iniciamos la antigua calle Calvo Sotelo, que antes era dirección contraria. Pasamos por la antigua Delegación de Asuntos Indígenas, donde fue jefe de departamento mi tío Augusto. Seguimos por Calvo Sotelo y llegamos a la plaza de Ben Azuz, donde estaban situados entonces el Palacio de Justicia, la Delegación de Hacienda y, para consolarse un poco, el Cine Avenida, uno de los más modernos cines de aquella época. Seguimos por esta calle y pasamos junto al antiguo bar Nipón, que no sé de donde se sacaron los dueños este nombre pues ninguno era japonés. Que yo sepa. También tenemos Celia y yo bonitos recuerdos de las raciones de calamares y callos que disfrutábamos allí.

Y, ¡nueva sorpresa!. Llegamos a la plaza de la Iglesia y el autobús para justamente en los arcos de la antigua “Torres Quevedo”, empresa donde trabajé durante veinte años. Nos hicimos la foto de obligado cumplimiento y, después de leernos la cartilla turística, el guía nos puso de nuevo en marcha con dirección a la calle Cónsul Zugasti ( casi todos los nombres que voy citando son los antiguos que teníamos entonces). Llegamos a una inmensa explanada que, por lo visto, servía de aparcamiento para coches y autobuses.

Entramos en una cafetería marroquí donde podíamos tomar café, coca cola, té… todo a 150 pesetas (aclaración del guía). Esta explanada me desconcertó un poco pues yo no la recordaba. Y de pronto se aclararon las ideas. Esa explanada fue el Cuartel de Artillería que yo conocía por haberlo visitado en festivales de su Patrona con nuestra emisora de radio Dersa­Tetuán. Aquí el guiá nos presentó a nuevos escoltas­guías, eran sus palabras, que nos acompañarían en todo nuestro recorrido turístico.

Volvimos a salir a la calle Cónsul Zugasti y nos dirigimos a la Puerta de Tánger. Tetuán, como todas las ciudades antiguas estaban rodeadas de grandes murallas y las grandes puertas se situaban y tomaban el nombre de la ciudad o caminos a las que estaban orientadas. Así tenemos Puerta de Saida (Ceuta), Puerta de Tánger, Puerta de la Luneta, Puerta de la Reina (por aquí entró la Reina Maria de las Mercedes en su visita a Tetuán). Entramos, como decía, por la Puerta de Tánger a la calle Trancak (cerrada durante la noche en tiempos de guerra con Marruecos). Esta calle o callejón, como se quiera llamar, es estrecha, empedrada y con sus puestos al aire libre, donde expone sus mercancías. Frutas, verduras y toda clase de artículos y, para que nos hagamos una pequeña idea, se puede comparar con esos mercados que se hacen en casi todas las ciudades españolas una vez a la semana, donde se puede encontrar desde una pila de linterna, una alfombra, un kilo de tomates, unos zapatos o un traje de señora. Para situarnos podríamos decir, y esto lo podemos comprobar en el plano de Tetuán de aquella época, que la calle Trancak está situada paralela a la calle Mohamed V, es decir, que la calle está en la misma dirección desde la plaza de la Iglesia (o Muley el Mehdik) hasta la plaza Hassan II (antigua plaza de España).

Estábamos en jueves, día de mercado de la ciudad, víspera del día festivo Musulmán, que es el viernes. Después de recorrer este callejón, llegamos a la calle del antiguo Palacio Jalifiano. En este lugar estuvo prestando sus servicios como Jefe del Economato del Palacio, mi cuñado Paco. Desemboca esta calle en la plaza de Hassan II ( antigua plaza de España donde estuvo situada la Alta Comisaría de España y ahora el palacio de Hassan II, que solo se abre cuando visita la ciudad el Rey de Marruecos). Aprovechamos la ocasión para hacernos fotografías. Atravesamos la plaza y nos dirigimos a la calle Comercio. Justamente en su entrada y a nuestra derecha está la Judería o antiguo barrio hebreo. Por esta calle del Comercio hemos pasado durante muchos años. Primero de soltero, después de casados. El guía nos llevó, dejando esta calle por distintos callejones típicos; hasta una placita donde había un encantador de serpientes que, evidentemente, nos estaba esperando, pues formaba parte de los atractivos turísticos. Allí dentro de la exhibición con unas serpientes ancianas, donde podían participar algunos de nosotros. Y así lo hicieron algunas de las valientes del grupo.

Seguimos nuestro recorrido y así llegamos a un palacio, en pleno barrio de la Medina ( o ciudad), donde hubo una exposición de alfombras trabajadas a mano en la fábrica de artesanía. Allí nos explicaban el proceso de su fabricación por manos de mujeres marroquíes. Los precios, como es natural y conociendo la forma de comprar y vender de ese país, empezaba bastante alto, quedando por debajo de la mitad. Algunas de estas alfombras, necesitaron las manos de diez o quince mujeres durante más de un año. No hubo mucho éxito en las compras a pesar de que se podía comprar con tarjeta de crédito de bancos españoles. Nuevo paseo por los estrechos callejones. Llegamos a otro palacete con otra exposición y venta de colonias, perfumes y plantas medicinales.

El jefe de la presentación, ayudado por otros marroquíes a los que mandaba hacer cosas a gritos, supongo para hacer notar que era el jefe y era el que mandaba. Le obedecían sumisos. Entre la infinidad de productos podríamos resaltar masaje para músculos dañados, comprobadores que cambiaban de color al colocarse sobre las manos, indicando la capacidad sexual de ellos o ellas, estimulantes para lo mismo, así como perfumes de todas las flores y plantas aromáticas de distintos países (esto es lo que nos contaba en un perfecto castellano). De nuevo, a callecitas muy estrechas y llenas de vendedores ambulantes y de gentes curiosas que nos miraban con, digo yo, mucha simpatía. No hay duda que siendo un país tan cercano a Europa y especialmente de España, con tal que cuidaran un poco la seguridad y sus atractivos turísticos, sus ingresos económicos aumentarían mucho. Así llegamos a otro palacete, convertido en lo que va a ser nuestro comedor.

Quisiera resaltar que esto lo descubren los turistas que visitan este país por primera vez, pero que nosotros ya conocíamos anteriormente. Por unas callejas con apenas ventanas, a través de una puerta algo mayor que las demás y claveteada con clavos dorados se desemboca de pronto en un bonito jardín y unos amplios salones, con capacidad para muchas personas. Así eran los lugares antes citados. Tomamos asiento todos alrededor de pequeñas y bajitas mesas redondas donde nos iban a servir la comida. El menú lo componían, primero una taza de harira, una especie de densa sopa o caldo (esto lo utilizan frecuentemente en su alimentación y es el primer alimento que toman los días de Ramadán (o ayuno). De segundo plato, una gran bandeja de cuscús que sitúan en el centro de cada mesa y que se sirve cada uno en su plato. Aquí nos ayudábamos con el correspondiente tenedor, aunque tradicionalmente y bien lavadas sobre la marcha, se come con las manos. La calidad no era muy buena, si conocemos el cuscús disfrutado en otras ocasiones. Para beber Coca cola y de postre una pasta parecida a nuestros polvorones de Navidad (normalmente están hechas de almendra, miel, harina y leche). Para amenizar el acto teníamos música de chirimías y tabores, y una bailarina (bastante mayor) que pasaba bailando entre los apretados comensales, dando caderazos a unos y otros. A nosotros, afortunadamente, nos pilló lejos. Como número especial apareció un “artista” con una bandeja llena de vasos con agua y una lucecita flotante (nuestras mariposas del día de los difuntos). También se paseó entre nosotros con su bandeja sobre su cabeza.

Prácticamente después de comer íbamos a iniciar nuestro recorrido hasta el lugar de partida. En la puerta del palacete donde habíamos comido nos esperaba un verdadero enjambre de vendedores de artículos del país, con poco atractivo turístico y de los que nos teníamos que proteger cerrándonos sobre nuestro grupo. Así desembocamos de nuevo en la Puerta de la Reina, lugar de tantos recuerdos en nuestras vidas, pues por allí habíamos pasado en infinidad de veces, de solteros y de casados. Muy cerca, como decíamos al principio habíamos vivido de soltero, y muy cerca también habían vivido Angel y Mercedes cuando éramos novios nosotros.

De nuevo el autobús. Un vehículo moderno que nos iba a retornar a Ceuta. Hicimos una última foto en la Puerta de la Reina y en marcha. Nos íbamos despidiendo de nuestro querido en el recuerdo Tetuán, de dejar algo querido. Aquí no puedo dejar de hacer una pequeña observación, particular y diría yo, íntima. Cuando decidimos hacer esta excursión, no prevista en el viaje, lo hicimos con nuestras dudas y correspondientes precauciones. Ahora nos ocurría lo contrario, por lo menos a mi; teníamos deseos de volver.

En el recorrido de regreso. Todo ha cambiado. Más edificios junto a la carretera. Zonas del antiguo trazado de la vía del tren, aprovechada ahora como carretera principal Tetuán – Ceuta. Pasamos junto al antiguo campo de aviación. Luego Llano de Malalien. Más adelante Rincón del Medik. Y una vez rebasado este pueblo, nueva parada con exhibición de camellos. Allí había una familia de un matrimonio y sus hijos pequeños, que cuidaban de otra familia de varios camellos. Todo bastante rústico y humilde, pero por lo visto también se incluía en el recorrido turístico. Se detuvo el autobús y el guía nos anunció que si queríamos podíamos bajarnos y hacernos unas fotografías montados en los camellos y, como siempre en estos viajes, hay voluntarios. Allá fueron los más valientes. Les ayudaba el moro técnico en camellerías a subirse. Les daba un paseíto muy corto alrededor de los otros camellos. Aprovechaba el fotógrafo marroquí para hacerle la foto correspondiente. Así se subieron algunos. Nosotros no teníamos ganas de camellerías y esperamos en el autobús. Nuevamente en marcha pasamos por la zona de Restinga. Playas que ahora no se veían desde la carretera, tapada por pequeños hotelitos, propiedad de una empresa norteamericana, según nos iban informando. Después pasamos junto al antiguo cuartel de la legión Dar Riffien, del cual no queda nada o casi nada.

Y así llegamos de nuevo a la frontera marroquí. Mucho ajetreo de marroquíes llenos de paquetes y abultadas chilabas. En la parte marroquí de la frontera contamos del orden de sesenta o setenta taxis, todos marca Mercedes, puestos en filas de cuatro que, según nos volvió a informar el guía, eran de “comerciantes”. Pasamos la frontera y en la aduana española apenas nos detuvimos. Llegamos a Ceuta. Pasamos por el Puente del Cristo, plaza de la Virgen de Africa hasta llegar al puente Almina, donde nos iba a dejar el autobús pues nos habían anunciado la posibilidad de hacer compras de algunos artículos que decían estar más baratos que en España. Mamá insinuó al guía nuestro que en programa había una visita panorámica desde el autobús. Hizo efecto la cosa y el autobús, de nuevo en marcha, recorrió la marina, Plaza de la Virgen de África, calle Canalejas, puente Almina, paseo de la Marina y bajando al nuevo parque del paseo marítimo, ganado al mar del puerto, regresamos al punto de partida. Como nosotros teníamos intención de recorrer lo que pudiéramos de Ceuta dejamos a los compañeros de viajes y enfilamos la calle Real, plaza de Ruiz, calle Camoens y plaza de los Reyes. Allí nos desviamos a la derecha hasta llegar a la vista de la casa donde había vivido mamá desde pequeña. Hicimos a mamá la fotografía de recuerdo correspondiente y muy cogidos del brazo nos retiramos, pues mamá se había emocionado.

Volvimos a la calle Real. Hicimos otra fotografía frente a la fachada de la Iglesia de San Francisco. Como aún teníamos tiempo entramos en el café El Campanero. Tomamos café, lo pagamos y volvimos a dejar el café en los servicios correspondientes, pues no nos gusta nada que no sea nuestro. Volvimos a la calle de la Marina, donde estaba el autobús. Los compañeros de viaje seguía comprando cosas en las tiendas de los indios. Mamá se compró un mantón de Manila para poder cantar cuando llegáramos a Castellón aquello de “Pisa morena, pisa con gracia, que un relicario te voy a dar. Con el mantón que hemos comprado, que hemos comprado en los indios de Ceutá”. Tomamos aquí de nuevo el autobús que nos llevaría al puerto. Despedida del guía marroquí, petición de propina para el conductor del autobús que nos había llevado a Tetuán y embarque en el ferry para regresar a Algeciras.

Viaje con salida del puerto de Ceuta, contemplando el Monte Hacho y regreso apacible en un día precioso. De nuevo en el puerto de Algeciras, recorrido por pasillos acristalados hasta llegar a la aduana donde esperamos a todos los componentes del grupo. Pasamos junto a las mesas de aduanas donde estaban los miembros de la Guardia Civil de Servicio. No nos preguntaron y pidieron que les enseñáramos los paquetes o carteras que llevábamos . Y felizmente de nuevo en nuestro autobús que nos llevaría a Torremolinos. El día, como decía, precioso, sin una nube ni nada de aire. Autovía en perfectas condiciones y muchas ganas de llegar al hotel.

En resumen, podemos decir que fue éste un viaje lleno de sorpresas y de gratos recuerdos. Visitar Ceuta y Tetuán fue algo extraordinario y para mantener mucho tiempo en el recuerdo. Conservamos fotografías y grabaciones magnetofónicas del viaje y, quizás, nos faltó la cámara de video. ¿Qué se le va a hacer? ¡Otra vez será! Y como os decía, de tener dudas del viaje en lo que respecta a Ceuta y Tetuán se transformó endesear volverlo a hacer.

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